Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

domingo, 23 de marzo de 2025

«A mi aire»

 


2024 

(pequeñas reflexiones que publico en mi cuenta de IG: @lauramartierra)

«A mi aire» (4 julio)

Reyes Mate plantea la diáspora (camino y estancia en tierra extraña) como el envés de la pertenencia a la tierra que, por otro lado, el capital y el Estado se apropian dando forma al nacionalismo.

La hospitalidad es el corazón de la diáspora.


«A mi aire» (11 julio)

Dijo Proudhon: «La idea nace de la acción y debe retornar a la acción».

Durante mucho tiempo se impuso lo contrario: la idea marcaba el camino a la acción, por tanto, lo intelectual primaban sobre la acción y la cosa no resultó nada bien.

Son las prácticas las que construyen la teoría y esta tiene que ser contrastada continuamente por dicha práctica.


«A mi aire» (18 julio)

Darle vueltas al concepto, al contenido y al valor simbólico de Revolución es como un río que discurre con calma o abruptamente según encuentras matices iluminadores que te llevan por afluentes o por el curso principal. Nunca sabes dónde vas a llegar y eso es algo emocionante y lleno de posibilidades no solo de lo ocurrido en el pasado sino de lo que pude ocurrir hoy o en el futuro.


«A mi aire» (25 julio)

Recuperar la historia oculta, clandestina, la que se desarrolla en la noche, es percibida por el poder y por una parte de la sociedad (quienes preservan la historia hegemónica) como incómoda, belicosa, intratable, incluso patológica. Quizás por eso habría que hablar de contrahistoria, aquella que pese a estar oculta durante siglos ha sobrevivido desafiando a la historia que se nos ha impuesto, la historia hegemónica.


«A mi aire» (1 agosto)

Es difícil trabajar en grupo cuando no hay unas bases sólidas de lo que se pretende. Por eso cuando se empieza a funcionar, emerge lo que cada persona está dispuesta a dar y cómo entiende el trabajo en grupo y lo que se pretende hacer en común. Y, con frecuencia, no cuadra

Es difícil, sí. Quizás no hacen falta los cuadrados y es mejor buscar formas más flexibles…


«A mi aire» (8 agosto)

Es increíble que haya gente que niegue el cambio climático, pero se niegan tantas cosas que sufrimos en el cuerpo, que nos traspasan el cuerpo, que se van normalizando estas actitudes sin que tengamos posibilidad de cuestionarlas socialmente.


«A mi aire» (15 agosto)

Es difícil sustraerse a que hoy es la fiesta de las fiestas. Muchas localidades y pueblos tienen esta fecha como festividad del patrón o patrona y como coincide en pleno agosto (y encima puente) pues la locura colectiva.

Os podéis imaginar que detesto que las fiestas sean casi todas religiosas y que me gustaría que hubiera más de carácter laico.

Batalla perdida. Da igual quién gobierne…, hay cosas eternas e inamovibles.


«A mi aire» (22 agosto)

La felicidad está sobrevalorada como otras tantas vivencias. No es que no sea una buena aspiración, pero igual pretendemos algo que no existe.

Nos cuesta menos ver esa batalla perdida en otras personas que cuando pensamos en nosotras.

Y es que la felicidad está constituida por cosas muy pequeñas a las que nos cuesta dar valor hasta que las perdemos.


«A mi aire» (29 agosto)

Cosas pequeñas que dan felicidad:

Leer (eso siempre), tomar té o café con amigas, ver amanecer, una buena película, un buen baño en una playa vacía, caminar por un bosque, oír un río de montaña, oler las chimeneas de las casas de montaña, reírse a carcajadas, comer un helado una noche calurosa, ir descalza, pensar…


«A mi aire» (5 septiembre)

Un mes en el que siempre empiezan muchas cosas, nuevas expectativas, obras en casa, trabajo interesante, cambio de estación (el otoño me gusta), proyectos que se clarifican (aunque sea para abandonar alguno), el mar se enfría…


«A mi aire» (12 septiembre)

Hace días que se viene hablando de la migración que se produce de países del llamado sur global hacia los países ricos del norte.

Resulta curioso que el neoliberalismo busca eliminar las fronteras, pero para favorecer al capital, no al trabajo. Esta posición está causando regímenes fronterizos altamente desiguales, hostiles y racializados.

No podemos caer en esa trampa, el neoliberalismo fomenta el odio y la xenofobia para desviar la mirada sobre el sistema que implantan con la ayuda de los Estados y de la UE en esta parte del norte global.


«A mi aire» (19 septiembre)

Hay un sector del feminismo que considera el sexo como un terreno muy peligroso para las mujeres y las lleva a pedir protección al Estado con políticas prohibicionistas y punitivas. Soy contraria a esta visión, las mujeres podemos decir «no» sin la intermediación del Estado y sus normas, leyes y castigos. La seguridad absoluta es algo que nos vende el neoliberalismo pero no existe.

El juicio de Aviñón y las violaciones facilitadas por el marido de Gisèle Pélicot, siendo un caso terrorífico, no me hacen cambiar de opinión.


«A mi aire» (26 septiembre)

Tengo una deuda con la música, una deuda con el papel que ocupa en mi vida.

Durante mi vida laboral he soportado tanto ruido que cuando llegaba a casa solo buscaba el silencio y la música se fue desplazando en mi horizonte de necesidades.

No puedo hacer dos cosas a la vez: pensar y escuchar música, leer y escuchar música, trabajar y escuchar música y opté por alejarme de la música.

Tengo que reabrir espacios para la música que tanto me gustó en el pasado. 


jueves, 13 de marzo de 2025

Kristin Ross (2024): La forma-comuna. La lucha como manera de habitar

 

A veces se requiere tacto más que tácticas (p. 125).



Este libro de Kristin Ross* es una buena herramienta para pensar las formas emancipatorias, en especial la que denomina como «forma-comuna». En la Introducción nos anticipa algunos rasgos de la comuna como el hecho de que cuando la gente siente, respira y desarrolla su vida fuera del guion establecido, sobre la base de la cooperación y la colaboración, la emancipación está más cerca de lo que parece.

La autora deja muy claro que existe una clara incompatibilidad entre comuna y Estado, entre emancipación y existencia del aparato estatal, por ello, las comunas y su forma de vida florecen en la medida en que retrocede el Estado.

Marx cuando reflexionó sobre la Comuna de París (1871) le llamó la atención no los ideales de los comuneros sino «las prácticas de los comuneros, la “propia existencia práctica” de la Comuna» (p. 8).

Para Kropotkin la Revolución francesa de 1789 fue el conflicto entre el Estado y las comunas. El conflicto se daba entre Estado y cualquier otro tipo de organización de la vida política, cualquier clase de inteligencia política alternativa, cualquier modelo diferente de comunidad.



Algunos hilos recurrentes y reconocibles de la forma-comuna son:

1.     El espacio-tiempo de la forma-comuna está anclado en el arte y la organización de la vida cotidiana, y ligado íntimamente a la responsabilidad adquirida respecto a los medios de subsistencia. Por ello requiere de una intervención pragmática en el aquí y ahora, y un compromiso de trabajo con los ingredientes y elementos del momento actual.

2.  Un entorno local, vecinal o delimitado. Las dimensiones espaciales y temporalidades distintivas de la forma-comuna se despliegan junto con un Estado distante, desmantelado o en desmantelamiento, cuyos servicios son considerados superfluos por un grupo de personas, que han decidido hacerse cargo ellas mismas de sus propios problemas.

Kristin Ross no considera que la forma-comuna sea un tipo de agencia del pasado, sino que percibe su existencia en acontecimientos y luchas del presente reciente. De esta forma se adentra en Mayo del 68 pero centrándose en «Nantes mejor que Nanterre» y del movimiento campesino francés y sus luchas. El espacio se convierte en el reto principal de las luchas y las acciones que apuntan hacia un objetivo. Recuerda que Reclus ya planteaba la división entre trabajadores urbanos y rurales y el fracaso de la izquierda urbana en ver el problema que eso significaba y que hoy explica muchos cambios políticos que tienen como protagonista la población rural.

También recuerda, y recupera, que Kropotkin, en La conquista del pan, quizás fue el primero en argumentar que la proximidad con los medios de subsistencia y la implicación directa en ellos es esencial no solo para mantener una viva intimidad con el territorio, sino también para que los movimientos de emancipación perduren.

Para la autora, cuando las cuestiones que afectan a la existencia (la crianza, los residuos, el combustible, los alimentos, etc.), y, en especial, a la subsistencia, dejan de estar limitadas al plano individual o familiar; y cuando el poder no emana de una ley, sino que proviene de la iniciativa directa de los de abajo gestionando sus asuntos en común, la emancipación se puede estar abriendo paso.

Las luchas en torno a la construcción de tres aeropuertos franceses llevan a Ross a considerar que luchar por un lugar determinado no es lo mismo que luchar por una idea y que todo lugar debe su carácter a las experiencias que ofrece y permite a quienes lo habitan o pasan su tiempo allí, y esas experiencias incluyen la nueva relación física con el territorio en particular. El esfuerzo colaborativo para resolver problemas pragmáticos implica algo significativo: poner en marcha un flujo de improvisaciones, intercambios de conocimientos, consultas e interrupciones de gran creatividad desde un punto de vista social.

Es más partidaria de la defensa que de la resistencia (de la primera proviene la zad, acrónimo de zona a defender). La defensa significa que hay algo en nuestro lado que poseemos, que valoramos y amamos y que, por tanto, tenemos algo que merece ser protegido y por lo que hay que luchar. Además, la defensa está enraizada en una temporalidad y un conjunto de prioridades generadas por la comunidad local y su proceso de construcción. El acto de defensa comienza afirmando y proclamando el valor de aquello a lo que nunca se había otorgado, la autora lo llama «lujo comunal». Mientras que la resistencia significa que la batalla se ha perdido, que solo podemos aspirar a aguantar desesperadamente frente al inmenso poder que le atribuimos a la otra parte. Significa permitir que el Estado sea quien dicte la agenda.

Un libro que tomando como centro la «forma-comuna» es capaz de entretejer el pasado y el presente, único camino para proyectar las posibilidades del futuro.


Laura Vicente


*El libro está editado por Virus

 

 

jueves, 6 de marzo de 2025

Los derechos de las mujeres en crisis

 


Existe una sensación, con sustento real en algunos países, de catástrofe, de que los derechos conseguidos pueden retroceder e incluso desaparecer. No digo que los derechos no estén en peligro, pero creo que debemos abandonar esa visión catastrofista y enfocar bien dicho peligro y, sobre todo, cómo afrontarlo[1].

Para empezar, debo aclarar desde dónde escribo. Lo hago como mujer (dejaré para otro día la cuestión del sujeto que daría para otro escrito) y lo hago desde el feminismo anarquista que acostumbra a ser más partidario de despenalizar, dejar de tipificar como delito una conducta o acción (por ejemplo, la reivindicación histórica del aborto, hoy en peligro de ser penalizado de nuevo) que de regular a través de leyes. Ya lo dijo Hobbes (poco sospechoso de anarquista y de feminista): «Las leyes son limitaciones de la libertad».

No me gustaría que se entendiera que soy contraria a los derechos legales, pero me parece que debemos cambiar el enfoque respecto a su trascendencia, ya que son derechos legales que se incumplen sistemáticamente como todos los demás derechos (constitucionales, derechos humanos, etc.). Quiero intentar (solo intentar) dar sentido a cosas que no tienen nombre, eso siempre es muy arriesgado

Puesto que no soy partidaria de leyes por lo que conlleva de limitación de la libertad (un riesgo que trataré de sortear: coincidir con el neoliberalismo o, peor, con el tecnofascismo), los derechos solo importan cuando los reclamamos, los usamos y los superamos en busca de nuevas reclamaciones y libertades; solo importan si nos instan a seguir adelante. Es decir, no deberíamos considerar como puerto de llegada el reconocimiento de un derecho. Los derechos no son «cosas» para distribuir desde arriba, desde el Estado, sino demandas de algo más que surgen desde abajo. No son «cosas» sino relaciones sociales y como tales no son algo que tenemos, sino que hacemos cada día, sin esta agencia los derechos son frágiles y dependen de los cambios de gobierno o de la voluntad de la justicia burguesa.

Los derechos solo tienen sentido si las personas involucradas están en posición de reclamarlos y defenderlos. La libertad, como los derechos, es algo que solo puede ser garantizado por las mismas personas que los reclaman. Las prácticas feministas de lucha política y social no se pueden confundir con la institucionalización de los derechos o la igualdad formal, por ello «la política de proclamar los propios derechos, por muy justa u hondamente sentida que sea, es una clase subordinada de política»[2]. Las prácticas de libertad política crean, mediante el discurso y, especialmente, mediante la acción, un espacio subjetivo intermedio que, en ocasiones, excede el espacio institucional. Solo cuando se produce esa situación de fuertes movilizaciones y luchas se consiguen ampliar los espacios de libertad y autonomía de las mujeres que, a veces, quedan regulados en forma de derechos, sin ser este su objetivo fundamental.

Un rasgo de los derechos legales es su tendencia a deteriorarse en artefactos legales muertos y hasta en instrumentos políticos peligrosos cuando pierden conexión con las prácticas de libertad feministas. No podemos compartir, como ya hemos explicado, las posiciones de un sector del feminismo que ha aceptado la estrategia de que un cambio social se basa en los derechos legales.

Así mismo, no podemos dejarnos cegar por las respuestas jurídicas y centradas en el Estado a las preguntas políticas y sociales que nos hacemos como feministas y haríamos bien en dar protagonismo a lo que las mujeres podemos y no podemos lograr en nuestras luchas al margen de la legalidad institucional.

 Laura Vicente



[1] Este texto forma parte de un artículo más largo titulado: «Cambio social y derechos legales» de próxima aparición en la revista Crisis de Zaragoza.

[2] Afirmación con la que coincido, pese a no compartir muchos de los postulados del Colectivo de la librería de mujeres de Milán, Sexual Difference; citado en Linda M. G. Zerilli (2008): El feminismo y el abismo de la libertad. Buenos Aires, FCE, p. 187.

domingo, 23 de febrero de 2025

DESARROLLAR LA VIDA FUERA DEL GUIÓN


Charles Fourier afirmó en una ocasión que cuando la gente sentía, respiraba y desarrollaba su vida fuera del guion establecido, la emancipación estaba materialmente en marcha. Fue el caso de hombres y mujeres que, mucho antes del 19 de julio de 1936, ya sentían una «atracción pasional» por organizar su vida social sobre la base del apoyo mutuo, la cooperación, la libertad y la igualdad. En esa ocasión lo hicieron «a lo grande» y por ese motivo nos atraen tanto los «momentos» revolucionarios vividos por miles y miles de personas durante meses (e incluso años, por lo menos tres) en este país.

Pero, esa práctica emancipatoria no ha sido excepcional y se ha producido en otros muchos lugares y en otros tiempos. Sin salir de Europa aún a riesgo de que nos acusen de eurocéntricas: la revuelta de los esclavos de Espartaco, la revolución francesa de 1789 (en sus experiencias populares), la comuna de París, los soviets de la revolución rusa (1905 y 1917), los espartaquistas en la Alemania de 1919, Nanterre durante Mayo de 1868, el 15 M en algunos países europeos y en otros lugares del norte de África y EEUU, y tantas otras experiencias que me dejo y que son igualmente destacables.



Fue Walter Benjamin quien habló del «instante mesiánico», señalando que cada instante puede acoger la plenitud del tiempo mesiánico, que no hay ningún momento que no lleve consigo la oportunidad de revolución y que esta puede interrumpir la catástrofe del progreso. Fue también Benjamin quien no se amilanó ante el hecho de que todos estos «momentos» revolucionarios fueran derrotados y planteó la necesidad de recuperar esa genealogía de los vencidos y traerlos al presente para disponer de futuro.

Hannah Arendt describe la importancia de rescatar ese itinerario de los vencidos con la ayuda de una imagen magnífica, la del pescador de perlas que va al fondo del mar para arrancar en la profundidad perlas y corales y llevárselas, como fragmentos del mundo submarino, a la superficie del día. Benjamin propone esa inmersión en las profundidades del pasado para traer a la claridad del día, fragmentos y acontecimientos de tantos «momentos» revolucionarios como se han producido y han sido negados por los vencedores.



Kristin Ross identifica muchos de esos «momentos» con la forma-comuna, poniendo el foco en el conflicto entre el Estado y las comunas, en realidad entre el Estado y cualquier otro tipo de organización de la vida política, cualquier clase de inteligencia política alternativa, cualquier modelo diferente de comunidad. Las comunas y su forma de vida florecen en la medida en que retrocede el Estado, cuyo papel es gestionar todas las esferas de las sociedades al tiempo que mantienen su dominio y lo perpetua.

Algunos hilos recurrentes y reconocibles, según Ross, de la forma-comuna son:

1.     El espacio-tiempo de la forma-comuna está anclado en el arte y la organización de la vida cotidiana, y ligado íntimamente a la responsabilidad adquirida respecto a los medios de subsistencia. Por ello requiere de una intervención pragmática en el aquí y ahora, y un compromiso de trabajo con los ingredientes y elementos del momento actual.

2.     Un entorno local, vecinal o delimitado. Las dimensiones espaciales y temporalidades distintivas de la forma-comuna se despliegan junto con un Estado distante, desmantelado o en desmantelamiento, cuyos servicios son considerados superfluos por un grupo de personas, que han decidido hacerse cargo ellas mismas de sus propios problemas.

Cuando las cuestiones que afectan a la existencia (la crianza, los residuos, el combustible, los alimentos, etc.), y en especial a la subsistencia, dejan de estar limitadas al plano individual o familiar, y cuando el poder no emana de una ley, sino que proviene de la iniciativa directa de los de abajo gestionando sus asuntos en común, estamos ante una «toma de la vida», descartando la tradicional «toma del poder» que tantas distopias ha provocado en el pasado en nombre de la revolución y de la emancipación[1].

 Laura Vicente 



[1] Sirva este texto, que pretendía ser reseña, aunque no lo logre, para recomendar dos libros: Kristin Ross (2024): La forma-comuna. La lucha como manera de habitar. Virus, Barcelona; y Michael Löwy (2015): Judíos heterodoxos. Romanticismo, mesianismo, utopía. Anthropos y Universidad Autónoma Metropolitana, Barcelona y Iztapalapa.

 

 

jueves, 13 de febrero de 2025

¿NECESITA UTOPÍAS EL ANARQUISMO?

 



Reconozco que esta pregunta es un tema recurrente en el que pienso muchas veces[1]. Abandono el tema durante meses o años, pero siempre acabo recalando en él. Debe ser porque mi posición no es definitiva y siempre que creo que lo tengo claro aparecen fisuras, grietas, a veces, boquetes que me obligan a repensar, a retomar la pregunta.

Daniel Colson equiparó, en su Pequeño léxico filosófico del anarquismo, utopía con ideal y afirmó que todo rebelde «solo debe apartarse con la mayor repugnancia de cualquier ideal». En una entrevista afirmó con claridad que el anarquismo no es un ideal (o utopía), sino que es realista y que habla de las cosas tal y como son.

Es cierto, que la utopía fue convertida en un absoluto, se ideologizó intentando poner orden y dando sentido al caos, construyendo un modelo ideal de sociedad que pudo (y aún puede) deslumbrar y tranquilizar en un mundo de incertidumbres agobiantes. Las utopías concebidas como ideologías pueden ser un «caballo de troya» en los anarquismos, porque las construcciones monolíticas y homogéneas acaban siendo utopías autoritarias, es decir, modelos de poder. Desembarazarse de la utopía parece, pues, lo más acertado.

Sin embargo, estoy con Amedeo Bertolo, en su Anarquistas… ¡Y orgullosos de serlo!, que resulta muy difícil prescindir de la utopía como horizonte y esperanza de lucha. Bertolo afirma (y lo comparto) que la utopía representa una dimensión del hombre imposible de eliminar y positiva: la dimensión de la esperanza, de la voluntad innovadora y de la creatividad.

El anarquismo(s), nunca se ha acomplejado a la hora de explorar y desarrollar la dimensión utópica, siendo especifica la importancia dada a la libertad, la igualdad y la diversidad. La función de la utopía anarquista es, ante todo, dice Bertolo, la voluntad de cambiar la sociedad superando los límites de un sistema dado de poder, pero sobre todo rompiendo la compacta membrana cultural que separa el espacio simbólico del poder del espacio simbólico de la libertad. Una membrana formada desde hace miles de años por el depósito, la estratificación y la transmisión, generación tras generación, en las estructuras mentales y el imaginario social, de comportamientos gregario-autoritarios y valores jerárquicos, de fantasías y mitos creados por y para sociedades constitutivamente divididas en dominantes y dominados.



Hasta tal punto exploró el anarquismo la dimensión utópica que, en una época determinada (segunda mitad del siglo XIX-primer tercio del XX), desarrolló actitudes neo-románticas en su rechazo al capitalismo y el industrialismo. Max Weber, subrayó en
Economía y Sociedad, que el anarcosindicalismo desarrollaba actitudes religiosas al pretender ser «el equivalente real de una fe religiosa». El mesianismo secularizado puede detectarse en la idea de la catástrofe revolucionaria que conllevaba la destrucción total del orden existente. Dice Michael Löwy en Redención y utopía, que es en los anarquismos donde el aspecto revolucionario/catastrófico de emancipación es más evidente: «la pasión destructiva es una pasión creadora, dice Bakunin. Es en Gustav Landauer y otros, donde el abismo entre el orden existente («Topía») y la Utopía, se hace más profundo. La revolución concebida como irrupción en el mundo es más propia del anarquismo y no concebida como progreso o evolución, más propia del marxismo.

Viendo lo que vamos viendo en el siglo XXI ya casi no me da vértigo nada, o por lo menos me da el mismo vértigo que cuando oigo (y leo) planteamientos anarquistas que hablan de «poder popular». Pero no quiero desviarme del camino y responder la pregunta que da título a esta pequeña reflexión: ¿necesita utopías el anarquismo? Me parece que sí, a riesgo de perder el atractivo principal del anarquismo o anarquismos (si lo preferimos en plural).

¿Por qué digo esto? La utopía tiene algo de sueño y algo de realidad que hay que aglutinar con la mayor sabiduría posible, sabemos que el ser humano no es solo razón, que también se mueve por deseos y emociones y es positivo que así sea. La razón produce monstruos y el deseo locuras, pero eso somos, una mezcla extraña que nos debe dar impulso para imaginar la posibilidad de vivir sin policías, sin jueces, sin capitalistas, sin burócratas, sin roles de poder, sin estructuras jerárquicas. Y partiendo de esa imaginación de posibles reales, pensar y experimentar  utopías anarquistas aquí y ahora. O lo que es lo mismo, pensar y desear imposibles posibles.

 Laura Vicente



[1] https://pensarenelmargen.blogspot.com/2021/06/un-mas-alla-de-las-utopias.html

lunes, 3 de febrero de 2025

«A mi aire»

 


2024

«A mi aire» (4 abril)

No sabemos hasta que punto el neoliberalismo ha penetrado en lo más hondo de nuestra persona hasta que te paras a pensar en como era antes tu vida y cómo es ahora. Pero las personas más jóvenes que siempre han vivido en este sistema tan perfeccionado de dominación ¿cómo lo harán, cómo se percatarán?

Soy consciente de que mucha gente de cierta edad tampoco nos percatamos, pero tenemos esa referencia por si nos da por pensar.

 

«A mi aire» (11 abril)

En esta fecha murió Teresa Claramunt Creus hace 93 años.

Indagué con tanto interés en su pensamiento como en su vida personal.

Hoy mi reflexión hace referencia a cómo una mujer obrera se decantó por una militancia anarquista que la expuso a todo: al despido, a la represión, a la cárcel, a la expatriación y el exilio, a la pobreza, a la muerte de sus criaturas, a la soledad.

Esas militancias no existen ya en este país, esa entrega a la revolución, a la Idea, nos resuena extraña, incomprensible. Investigarla, recuperarla, conocerla, siempre fue para mí una experiencia que fue más allá de lo meramente académico.


«A mi aire» (18 abril)

Ir «a mi aire» no siempre es bien aceptado, te sales del grupo de la rutina y de la convención social y eso disgusta. Muchas veces son cosas intrascendentes: no asistir a esas reuniones tediosas que se obstinan en convocar quienes nos rodean, no caminar en grupo, opinar lo que siento y pienso, no apoyar a pies juntillas la república (la monarquía ni siquiera soy capaz de contemplarla) o la llamada memoria histórica o democrática (tanto da), cosillas así…

Pero ir «a mi aire» forma parte de mi idiosincrasia, si dejara de hacerlo no sería Laura, sería «otra».


«A mi aire» (25 abril)

Comprendo que al mundo del libro le conviene y favorece que exista la llamada fiesta del libro el 23 de abril, pero hace mucho que esa jornada no es «popular». Claro, también depende de cómo entendamos ese término tan manido. Si lo entendemos como que van multitudes, sí lo es. Pero también participan multitudes en ese turismo que cada vez vemos más perjudicial para la población (que no se ha construido todavía como «multitud»).

Que haya multitudes en «san jordi» no quiere decir que haya multitudes lectoras, pero sí que esta fiesta se ha convertido en un producto que se vende bien en el mercado capitalista. Da igual el libro que se compre (el mercado ya publica libros para esas fechas y ofrece listas para «guiar» al pueblo), la cuestión es que se compre.


«A mi aire» (2 mayo)

Me pregunto si tiene sentido el 1º de Mayo.

Hace tiempo que se ha diluido la fuerza del movimiento obrero que ya no es, como lo fue, la principal amenaza para la supervivencia del capitalismo.

Es indudable que el capitalismo sigue explotando el trabajo asalariado, pero este ya no constituye su principal fuente de riqueza, ya que la revolución digital le permite extraer beneficios de los grandes flujos financieros o de información entre otros.


«A mi aire» (9 mayo)

Hoy cumpliría mi padre 91 años, pero murió hace 27 años.

Mi padre se llama Rafael.

Para mí fue una gran pérdida, aunque es raro que pase un día sin que me acuerde de él y apele a su sabio consejo cuando quiero afrontar algo importante.

Él era especial por su sabiduría desde el cuerpo, desde su experiencia de obrero metalúrgico, desde su goce por seguir cultivando su huerto los fines de semana para mantenerse arraigado a la tierra que tan bien entendía.

Mi padre era comunista a su aire, su sentido de la justicia social, de la libertad y de la igualdad procedían también de la experiencia vivida (trabajando desde los siete años, primero en el campo y luego en las fábricas), no de la ideología.

Era sobrio en el vivir, en las palabras y en los afectos, pero no te cabía duda de que contabas con él y que siempre podía contar con su ayuda en lo que necesitara.

Me dejo muchas cosas en el tintero, pero están en mi pensamiento y en mi afecto hacia él. 

«A mi aire» (23 mayo)

He tenido muy desatendido todo aquello que precisaba de mi portátil porque colapsó, murió, o cómo quiera que se denomine al hecho de que dejó de funcionar. Yo también colapsé porque pese a tener un disco duro externo hacía un año que no lo actualizaba, así que todo lo trabajado en ese tiempo, especialmente de mi investigación, quedó comprometido.

Bien, al final la información se ha salvado y yo actualizaré cada semana por lo menos.

«A mi aire» (30 mayo)

El calor está aquí. Y con él mi desespero y malestar.


«A mi aire» (6 junio)

Hay cada vez menos clandestinos del tiempo. El horario es la regla, la sorpresa es la excepción. La hora está por todas partes, pero el tiempo no está en ninguna.

[Tener tiempo de Pascal Chabot está siendo muy fructífero]


«A mi aire» (13 junio)

Siempre he vivido entre dos ciudades, pero ahora más que nunca.

No quiero hacer «filosofía» pero este retornar a «vivir» en la ciudad de mi infancia y juventud es como recomponer algo (no sé qué), como recuperar una época que había olvidado.

Todo ha cambiado, pero aquí me siento cerca de ese pasado que hoy me enternece.


«A mi aire» (20 junio)

Que compleja es la identidad. A veces desconocemos que tenemos una identidad (o la conocemos, pero la vivimos como irrelevante) y, en momentos excepcionales, emerge como un huracán.

Tendré que concluir que las identidades tienen su importancia puesto que me configuran, pero no debe imponerse ninguna sobre las demás y, sobre todo, no debe ser excluyente.

Es inaceptable sacralizar una identidad, si lo hacemos, estamos perdidas.


«A mi aire» (27 junio)

Me ha costado entender que el derecho a tener derechos dota al Estado del poder de sancionarlos si no se cumplen. Los derechos (incluidos los derechos humanos) implican la existencia del Estado (ese aparto de poder y dominación que da vértigo cuestionar).

Simone Weill ofrece como alternativa a los derechos, los deberes acordados con las otras personas sin mediación del Estado.

Hay que reflexionar sobre esta encrucijada tan sorprendente.

jueves, 23 de enero de 2025

Sara Ahmed, Vivir una vida feminista, Barcelona, Bellaterra, 2018.


Este libro tiene una dedicatoria: «A todas las feministas aguafiestas que se lo están currando: VA POR VOSOTRAS».

Con toda seguridad es la primera vez que inicio una reseña por la dedicatoria. Lo hago porque me he sentido tantas veces, en tantos espacios y en tantos momentos, una «feminista aguafiestas» que reivindicarlo colectivamente, como hace Sara Ahmed, me ha resultado profundamente liberador.

La autora es una escritora inglesa cuyos estudios se centran en la intersección de feminismo, teoría queer, crítica al racismo y postcolonialismo. En Vivir una vida feminista emergen todos estos temas desde la vivencia de los cuerpos, desde la cotidianidad de la vida, de ahí que la Introducción se titule: «Traer la teoría feminista a casa». Vivir una vida feminista no significa adoptar ideas, teorías o normas de conducta, significa, dice la autora, hacernos preguntas éticas sobre cómo vivir en un mundo no feminista, es decir, en un mundo injusto y desigual, cómo crear relaciones más equitativas, de apoyo mutuo, con nuestro entorno, cómo descubrir formas solidarias con las personas que más lo necesitan. Algo tan anarquista (aunque Sara Ahmed no se considere como tal) como priorizar la práctica sobre la teoría y prefigurar, en la medida de nuestras posibilidades, otra vida, otras relaciones, otra manera de pensar plenamente feminista.

Partir de la experiencia de la vida, partir de nuestra participación en el mundo, puede resultar más fácil que perdernos en teorías abstractas que producen distancia. Si lo logramos, producimos lo que la autora denomina «conceptos sudorosos», es decir, aquellos que salen de la descripción de un cuerpo que no se siente a gusto en el mundo, que intentan transformar un mundo desde la experiencia práctica.

Este libro se estructura en tres partes. La primera se titula «Hacerse feminista», la autora explica cómo se hace alguien feminista, cómo se hizo la propia autora: el punto inicial suele ser sentir las injusticias y tomar conciencia de ellas; el cuestionamiento de la felicidad, algo tan deseado y perseguido; y la voluntariedad feminista. La segunda parte, titulada «Trabajo de diversidad», se centra en la labor de transformar el racismo o el sexismo desde dentro de las instituciones. Muchas veces ese trabajo lleva a quien lo realiza a ser cuestionada, a tener que enfrentarse con verdaderos muros de ladrillo. Muros que constituyen «la residencia del amo». La tercera parte titulada «Vivir las consecuencias» nos sitúa en las conexiones frágiles, en la necesidad del chasquido feminista, en su mirada desde el feminismo lesbiano y la necesidad de la interseccionalidad. El libro se cierra con el sugestivo y cautivador kit de supervivencia de la aguafiestas   y con un glorioso Manifiesto aguafiestas.

El libro de Sara Ahmed es un borboteo impetuoso de vivencias, reflexiones, propuestas, ideas, enfados, alegrías, impotencia, capacidad, posibilidades, que es totalmente inabarcable, se desborda como agua entre las manos. Por tanto, señalaré los aspectos que me han parecido más esclarecedores y, a la vez, brillantes.

1.

Las «chicas voluntariosas» son mujeres obstinadas, testarudas, mujeres que tienen una voluntad que desea, mujeres desobedientes, mujeres que agitan y se agitan, mujeres que, a veces, en su agitación traspasan la frontera entre la cordura y la locura.

2.

«Otra reunión [o comida] arruinada»: reconocer esa escena que cuenta y comparte la autora. Ser la feminista a la mesa en el trabajo, en una reunión o en la mesa familiar. Cada vez que habla, a la mujer que habla como feminista suelen oírla como la causante de la discusión. Ella es el obstáculo en el espacio conversacional antes de que abra la boca siquiera: ella supone un problema porque sigue exponiendo un problema.  

3.    

«Chasquido feminista», tiene que ver con las tendencias que adquirimos colectivamente y que nos permiten romper vínculos que son dañinos, a la vez que invertimos en nuevas posibilidades. Hay que explorar de dónde se puede sacar la energía y los recursos para seguir adelante y no acabar derrotada por el desgaste que supone vivir una vida feminista.

4.                                                                                        

¿Qué es lo que hace que un privilegio sea un privilegio?: las experiencias contra las que estás protegida; los pensamientos que no tienes que pensar. Entender el privilegio como un dispositivo de ahorro de energía puede ser especialmente apropiado para pensar sobre el privilegio del cuerpo íntegro: nos ahorramos saber lo que nos ahorramos hacer.

5.

Slogan de las Sisters Uncut: «Si cortáis, sangramos». Acción directa: arriesgar tu cuerpo, interponerte, frenar el flujo del tráfico, poner tinta roja en el agua de Trafalgar Square…

6.

La identificación de la mujer tiene que ver con negarse, como mujeres, a identificarnos con la cultura masculina. Negarse a identificarse así es retirar tu energía de las relaciones con los hombres.

7.

El kit de supervivencia de la aguafiestas es necesario para cuando sientes que la vida se te complica más de lo necesario. Son cosas personales que se acumulan con el tiempo, que se necesitan cerca para seguir adelante con un proyecto feminista compartido: libros, cosas, herramientas, tiempo, vida, notas de permiso, otras aguafiestas, humor, sensaciones, cuerpos.

8.

Me quedan pocas palabras para completar esta reseña que no puede superar las mil, pero queda la guinda del libro: el Manifiesto Aguafiestas. Esta declaración aguafiestas no es un programa de acción que puede disociarse de la forma de estar en el mundo. El feminismo es práctica, hay que llevar a la práctica el mundo al que se aspira y que la autora sintetiza en unas «declaraciones de voluntad» o principios: No estar dispuesta a hacer de la felicidad mi causa; estar dispuesta a causar infelicidad; estar dispuesta a apoyar a otras que están dispuestas a causar infelicidad; no reírme de los chistes cuyo propósito es ofender; no estar dispuesta a pasar de historias que no dejan de pasar; no estar dispuesta a ser incluida si la inclusión significa que te incluyan en un sistema injusto, violento y desigual; y así hasta diez.

Leed el Manifiesto, por favor, es una gozada.    


Reseña: Laura Vicente   (revista Redes Libertarias, nº 2)